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martes, 16 de abril de 2013

'EL CORAZÓN DELATOR'

"Yo he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra y bastantes del infierno. ¿Cómo, entonces, he de estar loco?"
El corazón delator, E. A. Poe (1845)


Miedo. Tanto lo medito, leo y escribo, intentando averiguar algo de su verdadera naturaleza. Instinto, reacción primitiva, palabras que no llegan a ser resolutivas en la descripción. Inherencia que ambos, cerebro y cuerpo, se encargan de traducir de diversas formas. Una de ellas la inquietud, una de ellas quizás la culpa.

Me decidí a adaptar 'El corazón delator' mucho antes de hacer lo propio con 'El monte de las ánimas'. Fue el aspecto técnico en este caso el que impidió que el proyecto saliera adelante, haciendo que permaneciera hibernando, que no moribundo, en el montón de proyectos pendientes de mi biblioteca sonora mental.

¿Por qué este relato el primero? Porque es capaz de encoger el pecho como ningún otro, porque te hace querer levantarte del sillón, porque la no-locura del innominado protagonista genera el halo de tensión imprescindible y necesario para que el final sea efectivo, porque dicho final acaba por hacer que el lector -el oyente- definitivamente tenga que abandonar el asiento impulsado por la emoción. Sencillamente, porque daba mucho juego desde el punto de vista de la ambientación sonora.

De nuevo, lo recomendable es escuchar la dramatización habiendo buscado el punto clave de abstracción, con los ojos cerrados y con cascos, dejando que la imaginación haga su trabajo.









jueves, 1 de noviembre de 2012

ALLÁ VA, COMO EL CABALLO DE COPAS

Y allá va, efectivamente, de nuevo, porque hace casi un año decidí adaptar una de mis narraciones favoritas, de mis 'especialmente favoritas', a formato radiofónico. Los gustos que forman parte de esa selecta lista no son muchas veces los mejores desde el punto de vista técnico o estético. Ese no es requisito imprescindible. Me pasa, por ejemplo, con El gato negro de Poe, que cuando la leí con 14 años se convirtió en mi preferida de aquellas Narraciones extraordinarias. La razón no soy capaz de determinarla con seguridad. Los elementos primarios, el hombre, el animal, la oscuridad. Tal vez. Lo que sí puedo aseverar es que hubo otras, como El hundimiento de la Casa de Usher, que en aquel momento no entendí, pero que, al releerlas con más experiencia y más callos en el cerebro, no pudieron menos que pasar a engrosar mi lista de 'favoritas'. Pero nunca iban a suponer lo mismo para mí que El gato negro.
Es necesario que establezca bien, por tanto, la diferencia entre mis gustos 'favoritos' y mis gustos 'especialmente favoritos'. Los primeros, tal cual, son eso, gustos. Pero los segundos tienen que ver con el impacto de lo nuevo, con la impresión más allá de elementos narrativos, de formas de escribir. Por eso son 'especiales'. Porque fueron los primeros. Los que me ayudaron a descubrir.
Tal fue para mí El monte de las ánimas de Bécquer, y a la misma me refería al principio. Y decía que allá va de nuevo porque ya la compartí aquí, aunque por no sé qué motivo los administradores de la página web en la que colgué la dramatización decidieron eliminar el archivo. Por eso he decidido volver a compartirlo. Por eso y porque le he añadido algunas mejoras. Por eso y porque hoy, tal día como hoy, 1 de noviembre, Bécquer la escribió "volviendo algunas veces la cabeza con miedo".

Espero que disfrute quien la escuche, eso sí, sin olvidar que lo recomendable es colocarse los cascos, cerrar los ojos y dejar que la imaginación trabaje.


viernes, 6 de julio de 2012

MARE

"De los cuadros que acariciaba su artificiosa fantasía, y que alcanzaban, pincelada a pincelada, una vaguedad ante la cual yo me estremecía del modo más espeluznante, pues me sobrecogía sin saber por qué; de aquellos cuadros (tan vívidos que sus imágenes están ahora delante de mí), yo me esforzaría inútilmente en sacar más de una pequeña porción que cupiese en los estrechos límites de las palabras escritas. Por su absoluta sencillez, por la limpidez de sus perfiles, me retenían y me intimidaban la atención. Si jamás un mortal pudo pintar una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí a lo menos -en las circunstancias que me rodeaban- brotaba de las puras abstracciones que aquel hipocondríaco se ingeniaba para trasladar al lienzo, una intensidad de intolerabe terror del cual no había sentido yo ni una sombra ni aun en la contemplación de las tan resplandecientes y, con todo, demasiado concretas ensoñaciones de Fuseli."

El hundimiento de la Casa de Usher, E. A. Poe (1839)



La pesadilla, J. H. Fuseli (1781)

lunes, 9 de enero de 2012

"USTED CONOCE MIS MÉTODOS, RITCHIE"


"Es uno de aquellos casos en los que quien razona puede producir un efecto que le parece notable a su interlocutor, porque a éste se le ha escapado el pequeño detalle que es la base de la deducción."
Conan Doyle, La aventura del jorobado

Mi maldita tendencia al prejuicio me la estaba jugando otra vez más. Allá por 2009, soltaba rayos y truenos por mi boca al ver continuamente promocionada la película “Sherlock Holmes” dirigida por Guy Ritchie. ¿Convertir al fabuloso personaje de Sir Arthur Conan Doyle en un guerrero saltimbanqui a la altura de lo que hicieron con Van Helsing, por ejemplo, hacía unos años? No, por favor. En absoluto. No podían cometer tal sacrilegio.
Más o menos un año después, me decidí a verla. En parte para comprobar sí, efectivamente y tal como me habían dicho, era una película divertida y entretenida; en parte para poder emitir un juicio valorativo por mi propia cuenta. Porque no es malo criticar negativamente, pero sí hacerlo cuando no sabes qué es lo que estás criticando.
Una vez hubo terminado el film, me di cuenta de que no podía haber estado más equivocado en un primer momento. Evidentemente los personajes que Ritchie muestra en su película no son una representación estrictamente fiel de los originales de Conan Doyle, pero igual de cierto es que esa diferencia no es tan grande como en un primer momento puede pensarse. Los amantes de los relatos originales opinan seguro igual que yo. Y es que la esencia de los personajes clásicos, de las relaciones entre ellos, se mantiene. Tanto esta primera película, como su secuela, recientemente estrenada, reflejan muy bien esa personalidad extravagante tan particular de Holmes. El detective es desordenado, prácticamente siempre está encerrado en su casa de Baker Street, con la atención siempre puesta en la resolución de algún caso, recordando otros pasados y solucionados con éxito o realizando experimentos químicos. A Holmes le cuesta relacionarse con la gente porque sólo vive por y para sus casos, por y para los verdaderos retos, no para la vida cotidiana y monótona. Es un buen boxeador y luchador cuerpo a cuerpo. Está en plena forma. Se disfraza muy bien y muchas veces desaparece durante algún tiempo sin que nadie sepa dónde está.
Por su parte, el profesor Watson es su único y verdadero amigo. Su vida, sin embargo, sigue un camino diferente. Él sí evoluciona: se casa y abandona el domicilio en Baker Street, con lo cual se aparta un poco de Holmes. A pesar de ello, en el fondo ansía seguir viviendo “aventuras” con él. Éste, por su parte, también prefiere estar acompañado por su amigo en sus investigaciones, y por eso siempre se lo pide. Además, intenta “adiestrarlo” en su forma de sacar conclusiones. De ahí la famosa frase: “Usted conoce mis métodos, Watson.”
Todo lo que acabo de enumerar son rasgos que aparecen en los relatos originales de Conan Doyle. Todo ello, del mismo modo, se ve reflejado en las dos películas de Guy Ritchie. Algunos elementos un tanto exagerados, sí, pero, como apuntaba antes, la esencia se mantiene. Todo el universo holmesiano, en general, está muy bien reflejado, destacando sobre todo, en mi opinión, la plasmación de la personalidad excéntrica de Holmes. Es más, creo que una de las particularidades del montaje de las películas de Ritchie, esas sucesiones de planos cortos tanto ralentizados como acelerados, son perfectas para reflejar los procesos deductivos –o inductivos, aunque ese sería otro tema– que el detective lleva a cabo a partir de la observación de los detalles que tan recurrentes son en los relatos.
Guy Ritchie ha sabido manejar muy bien lo que le fue puesto en las manos. Como en la mayoría de sus películas, por otra parte. Porque no sólo ha hecho una muy buena adaptación, sino que también logra que los que no conocían el Canon holmesiano lo pasen bien con unas tramas entretenidas y bien construidas, aunque no reparen en que tras lo más comercial hay un profundo respeto por lo clásico y original. Porque ha logrado convencer con creces a un amante del Holmes literario que partía desde el más puro escepticismo hasta justo antes de ver la primera de estas adaptaciones al cine. Es como si el propio Conan Doyle, atravesando la barrera del tiempo, esa que tan sólo la literatura, la radio y la imaginación pueden esquivar con total libertad, se hubiera dirigido al director inglés tomando el papel de su detective: “Usted conoce mis métodos, Ritchie. Aplíquelos.”

jueves, 29 de diciembre de 2011

EL RETRATO DE LAURA

"Como obra de arte, no podía encontrarse nada más admirable que la pintura misma. Pero ni la factura de la obra, ni la inmortal belleza de aquel semblante, podían haber sido lo que tan repentinamente y con tal vehemencia me había impresionado entonces, y menos aún que mi fantasía, conmovida en su duermevela, hubiese confundido aquella cabeza con la de un ser vivo.

[...]

Había adivinado que el encanto de aquella pintura consistía en una absoluta semejanza con la vida en su expresión, que primero me había estremecido y, finalmente, me desconcertó, subyugándome y anonadándome.

[...]

Era una joven de particular belleza y no menos amable que llena de jovialidad. [...]"

El retrato oval (1842)




Laura (1944)

miércoles, 28 de diciembre de 2011

CARMEN STERNWOOD

"Se mordió el labio, torció la cabeza un poco y me miró de reojo. Bajó los párpados hasta que las pestañas casi le acariciaron las mejillas y luego los alzó muy despacio, como si fueran un telón teatral: un truco con el que llegaría a familiarizarme, destinado a lograr que me tumbara patas arriba."


El sueño eterno



Carmen Sternwood.

Yo también termino patas arriba.

lunes, 26 de diciembre de 2011

"ALLÁ VA, COMO EL CABALLO DE COPAS" (II)

Encerrado en mi habitación. Con las luces apagadas. Con la persiana bajada cuando era de día. Con los cascos puestos. El mundo reducido a un metro cuadrado. Tan sólo el sonido y yo.

Durante casi una semana he estado buscando efectos, grabándolos yo mismo y componiendo atmósferas sonoras. Pero, sobre todo, me he transportado a los helados montes de la Soria medieval. He cabalgado junto a Alonso y Beatriz. Me he estremecido al escuchar historias de ánimas que se levantan de sus tumbas.

Al final de cada día tenía que estirar las orejas, casi aplastadas por los cascos.

Pero eso ha sido lo de menos.

He de confesar que esto era algo que había soñado durante mucho tiempo. El grabar una dramatización de El monte de las ánimas, sin duda, mi leyenda preferida de Bécquer y una de las que me ha marcado desde la primera vez que la leí. Hoy, por fin, la tengo aquí, acabada. Y como diría el propio Gustavo: "Allá va, como el caballo de copas". Pues eso, allá va. Espero que el que quiera perder algo de su tiempo en escucharla disfrute tanto como yo lo he hecho componiéndola. Y que tenga que volver la vista atrás de vez en cuando...

"Allá va, como el caballo de copas" (un año después) (enlace)






viernes, 25 de noviembre de 2011

"ALLÁ VA, COMO EL CABALLO DE COPAS"

Estoy leyendo El monte de las ánimas. Lo hago solo, casi en penumbra, las páginas alumbradas únicamente por la tenue luz que proporciona la pantalla del ordenador.

Este relato forma parte de mi lista de cuentos preferidos. Junto a El gato negro. Junto a Carmilla o El vampiro. Pero este tiene algo de especial. Probablemente porque fue el primero de esa lista. Porque la introducción, la majestuosa introducción estimula esa zonita tan peculiar del cerebro del ser humano, aquella que aún se estremece a pesar del avance científico. A pesar de que "ya está todo inventado".

Creo que voy a escribir un guión. Para adaptarlo a radio. Recuerdo que, hace no mucho, el programa Milenio 3 dramatizó la historia con motivo de la víspera del Día de Todos los Santos. Comencé a escucharla con mucha ilusión. Iban a dramatizar El monte de las ánimas... Sinceramente, me decepcionó mucho. Quizás por eso tengo clavada esa especie de espinita. Sí, voy a escribir ese guión.

Lo haré ambientándome, claro. Parecido a como Bécquer escribió la leyenda. Tan sólo espero no tener que volver mucho la cabeza, igual que él.

"Allá va, como el caballo de copas" (un año después) (enlace)


lunes, 24 de octubre de 2011

COSAS DE DETECTIVES

Aquí, sentado delante de la ventana observando cómo llueve. Me siento un poco como Holmes y Watson en su casa de Baker Street. Como Dupin y su narrador sin nombre. Bueno, me falta la chimenea. Sí que tengo una figurita de un casco espartado, como el de Palas.

¿Llamarán ahora a mi casa para pedirme colaborar en la resolución de algún crimen? Estaría bien, la verdad. Pero creo que si ha pasado algo en mi pueblo la policía no necesitaría mucha ayuda para encontrar al culpable. Es muy probable que llevara gorra o un crucifijo –llámese también rosario– colgado del cuello. Mi pueblo, Torredonjimeno, El Bronx.

Mejor me quedo aquí, imaginándomelo. O puedo leerlo. Pero bueno, Ibáñez, ¿Holmes no había muerto ya? Ah, no, que después de las cataratas revive. Que ahora estás con María Roget.

Estoy hablando solo otra vez. Cosas de detectives.


domingo, 2 de octubre de 2011

EL CLUB OLIMPO

No tardé mucho en llegar. El Club Olimpo estaba a rebosar esa noche. Como todas. Ya sabía de sobra lo que me iba a encontrar. La gente reía y charlaba sentada en las mesas redondas, en las que no cabían más de dos o tres personas. Eran conversaciones totalmente triviales, sin trasfondo, sin sentido. Todo parecía falso. Presuntuosidad, alcohol y humo. El humo del tabaco que flotaba en el ambiente, y que se convertía en la metáfora perfecta de la nube de irrealidad que era todo aquello. Cualquier cincuentón calvo y gordo podía ser un auténtico Adonis durante la noche entre esas paredes, cualquier insípido podía convertirse en el alma de la fiesta. Eso sí, si podía pagarlo. El Club Olimpo era una república independiente dentro de Tango City cuyo presidente era Breno en la que se hablaba el idioma del dinero, y a veces, muy pocas veces allí dentro, el de las balas. Siempre intentaba que todo eso no me afectara. Había aprendido que ese mundo no era compatible con el de ahí fuera, el mismo en el que me habían enseñado a sobrevivir. El mundo real. Sin embargo, todavía había algo que lograba captar mi atención cual lobo de mar hipnotizado por el canto de la sirena.

Al principio fueron las primeras notas tocadas con el piano, cuyo eco resonó en todo el salón. Luego, la voz, que comenzó a entrar por mis oídos de forma tan suave como el tacto del terciopelo. Lentamente, una palabra, una sílaba tras otra. Me daba el tiempo justo de saborear ese sonido antes de que, con la misma delicadeza, se fuera diluyendo en el resto de la atmósfera del salón. Poco a poco. De forma progresiva. Por un momento, casi pude experimentar la sensación de que mis pies se alzaban unos centímetros por encima del suelo, y que era capaz de dirigirme así, levitando, hacia el escenario, situado a la izquierda de donde me encontraba. Julia Lugano era la cantante estrella del club. Su figura comenzó a emerger del fondo. La nitidez del contorno luchaba por prevalecer sobre el resplandor de los dos focos que apuntaban al centro a la vez que avanzaba hacia el micrófono. En cuestión de segundos, unas curvas sinuosas, siempre embutidas en un vestido largo, que esa noche era de color rojo, quedaron, al fin, completamente definidas. La perfección de sus facciones se acentuaba aún más con la iluminación cenital, resaltando la prominencia de los pómulos. Los ojos, grandes y claros, pero entornados y ensombrecidos por las largas pestañas. El tabique nasal recto, los labios, bien perfilados, con las comisuras inclinadas levemente hacia abajo. El inferior era más ancho que el superior, y sin embargo, hasta desde lejos, ambos seguían dando la sensación de llegar a ser incluso esponjosos. Pero era su voz, su presencia en el escenario, desde el que parecía poder abarcarlo todo, lo que la hacía irresistible. Las conversaciones se veían interrumpidas, cesaba el ruido de las copas al brindar, el de las risas falsas… El tiempo se detenía cuando empezaba a cantar. De súbito, sacudí la cabeza. Debía serenarme. Yo había sucumbido una vez a sus encantos, pero eso se había acabado hacía mucho tiempo. Ahora tenía entre manos un asunto que requería presteza. Miré hacia el frente. Allí estaba la barra, oscura, vacía. El lugar de los fracasados y los borrachos. Yo no era ninguna de esas cosas, pero siempre elegía ese sitio. Lo prefería antes que sentarme en una de las mesas. Siempre tuve miedo de hacerlo y que el agujero negro de la fachada y la hipocresía me tragara. Era algo que tenía mucho poder, al igual que el de la atracción de Julia. Además, María, la camarera, era mucho más guapa.